«Creo que necesito un trago. Casi todos lo necesitan, solo que no lo saben»

Charles Bukowski

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7 de julio de 2017

Bares, qué lugares...


Gabinete Caligari, pese a las ínfulas intelectuales y cosmopolitas del nombre del grupo, exprimió al máximo la fórmula autóctona del "rock torero" en el marco de la movida madrileña de los 80. La voz de Jaime Urrutia, oscura y no especialmente dotada par el afinamiento, colaboraba para dar el toque primitivo a la formación. El puntazo de ventas lo dio con Camino Soria, aunque su álbum (mini) de estudio de qualité fue Cuatro rosas, con la canción homónima dedicada a Janis Joplin. Pero lo que les interesa a los autores borrachuzos de este blog no son los discos antes mencionados, sino Al calor del amor en un bar, de 1986, con la canción que da título a la obra: cumbre de lo castizo vertiente musical, con su ritmo de pasodoble y su letra curtida en el ambiente bareta. El vídeo, producido por TVE, no tiene desperdicio: cutre, cuasi amateur, pero encantador en su ingenuidad retro.

Mozo, ponga un trozo
de bayonesa y un café,
que a la señorita la invita "monsieur".

Y dos alondras nos observan sin gran interés.
El camarero está leyendo el As con avidez.

[...]

Pollo, otro bollo,
no me tenga que levantar.
No hay como el calor del amor en un bar.

Jefe, no se queje
y sirva otra copita más.
No hay como el calor del amor en un bar.

18 de junio de 2017

Don Simón y Jarrafunkel


Las bodegas riojanas García Carrión nutren de caldo de garrafón en tetrabrik las mesas menos exigentes. Art Garfunkel, empuñando el cartón de Don Simón, lo que hace icónicamente es exprimir el talento de su compañero hasta hacer de su esencia un vino de consumo diario enlatado. Garfunkel se empeñó en empuñar su brik de Don Simón, pero Paul logró zafarse, un poco beodo, de su partenaire y huir musicalmente hacia viñedos exóticos como los africanos (Graceland) o brasileños (The rhythm of the saints), donde a su compañero no se le ocurriera poner los pies, ni empinar el codo (sus reencuentros posteriores no fueron más que regurgitaciones alcohólicas de baja intensidad y apremio pecuniario).

La verdadera historia, alejada de collages humorísticos, es conocida: Paul Simon formó junto a Art Garfunkel en los años 60 un dúo simpar en la historia de la música anglosajona. Con la referencia de los Everly Brothers y del naciente folk sesentero de Dylan & Company, en pocos años dieron a luz seis álbumes que forjaron la leyenda de un pop-rock de calidad con éxitos multitudinarios: “Sounds of silence”, “Mrs. Robinson”, “The boxer” o “Bridge over troubled water”. Si al principio no parecían encarnar nada diferente a un "grupo" más en la escena del folk neoyorkino, la calidad compositiva de Simon, el acierto del productor Tom Wilson para darle aire cool a “Sounds of silence” y el giro intelectual y amante del puro standard de Garfunkel, convirtieron al dúo en todo un referente musical. 

El papel de cada uno estaba claro: Paul Simon era el compositor y alma del dúo, mientras que Garfunkel ponía una imagen sofisticada, se limitaba a hacer coros, ejercer de solista en escasos temas (los más puramente standard) y poner los ojos -orgásmicos- en blanco cuando actuaba en directo. La amistad, fraguada en la high school, donde ya habían formado el dúo Tom & Jerry, terminó allá por el año 70 con las desavenencias surgidas durante la grabación de Bridge over troubled water.

La imagen de cabecera de esta entrada nos ha servido a los autores de esta bitácora para inaugurarla, darle caña merecida a este tipo de envases para el vino –aunque sea de ínfima calidad- y hacer un somero repaso al dúo más famoso de la música popular.