Envenenado o no, Alejandro Magno vio cómo se extinguía su vida tras una bacanal. Los macedonios, como los griegos, rendían culto a Dionisio -hijo de Zeus y patrón de la agricultura-, y en su honor celebraban protoorgías, que, entre batalla y batalla, servían como bálsamo alcohólico y sexual. No sabemos qué variedad de vino era del gusto del joven emperador, pero sí que este brebaje, y los excesos que lo acompañaron, pudieron más que el rey persa Darío con sus doscientos cincuenta mil hombres o el Poros indio con sus elefantes.
«Creo que necesito un trago. Casi todos lo necesitan, solo que no lo saben»
Charles Bukowski
5 de julio de 2017
27 de junio de 2017
La leyenda del santo bebedor, Ermanno Olmi
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir".
El famoso y retórico monólogo que el replicante Roy Batty declama ante el blade runner Deckard en sus estertores vitales ya ha quedado grabado en la memoria de todo cinéfilo cual los regueros de lluvia y sangre que surcan y resbalan por el rostro icónico del actor Rutger Hauer que encarna al androide. Él mismo podría haber parafraseado estas palabras entre vapores etílicos en La leyenda del santo bebedor, del cineasta italiano Ermanno Olmi, quien se limita a la sobriedad imitativa de la novela base de la obra, intercalando un escueto epílogo con el letrero “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”.
Este blog se viste de gala para
referirse a un bebedor compulsivo -el novelista austrohúngaro Joseph Roth-, a su
novela testamentaria y a la premiada versión cinematográfica de Ermanno Olmi. La
película, fiel y respetuosa con el libro, narra los últimos días de un
emigrante eslavo, convertido en mendigo alcohólico, en los bajos fondos
parisinos. El encuentro fantasmal y repetido con un caballero –quien le presta
200 francos con la indulgente promesa de que los devuelva a una santa- en las
escalinatas de descenso al Sena, son el punto de partida para que el
protagonista inicie un peregrinaje parisino de idas y venidas hacia la capilla
donde se encuentra la santa imagen de la piccola Teresa, encuentros y desencuentros
con amantes y conocidos, reposos en bares y hoteles, alucinaciones religiosas y
una muerte final en olor de santidad.
La película podría parecer premiosa en su desarrollo narrativo, pero ese periplo exterior es trasunto de otro más trascendente y ajeno a ritmos trepidantes: un viaje interior en pos de la redención final por medio de la bondad y el honor, que un cineasta humanista y católico como Olmi no podía dejar de plasmar en el celuloide. La banda sonora de Ígor Stravinski acentúa el componente etéreo e introspectivo de esa travesía interna. Aunque la parte del león de la película se la lleva la esforzada y convincente -a pesar de que la retina cinematográfica siempre lo asocie con el Roy replicante- interpretación de Rutger Hauer: con unos primeros planos que denotan desde el comienzo del filme la agonía premortem. Y el alcohol… omnipresente, ambivalente en su valoración y que transfigura toda una existencia.
La película podría parecer premiosa en su desarrollo narrativo, pero ese periplo exterior es trasunto de otro más trascendente y ajeno a ritmos trepidantes: un viaje interior en pos de la redención final por medio de la bondad y el honor, que un cineasta humanista y católico como Olmi no podía dejar de plasmar en el celuloide. La banda sonora de Ígor Stravinski acentúa el componente etéreo e introspectivo de esa travesía interna. Aunque la parte del león de la película se la lleva la esforzada y convincente -a pesar de que la retina cinematográfica siempre lo asocie con el Roy replicante- interpretación de Rutger Hauer: con unos primeros planos que denotan desde el comienzo del filme la agonía premortem. Y el alcohol… omnipresente, ambivalente en su valoración y que transfigura toda una existencia.
22 de junio de 2017
Once haikus vendimiadores
Nace
septiembre.
Tiene miedo
la vid
por uvas y
hojas.
Vendimia
llega
al final del
verano.
Escuela
tinta.
Carne que
explota.
Grieta en
fruto maduro
de muchas
vides.
La zorra
engaña
con inútiles
saltos
resignada
hambre.
Sobre los
hombros
cestos de
mimbre exceden
racimos de
uvas.
Pisan las
uvas
mas el fruto
no emite
quejido
alguno.
Lagar, lugar
de
extracciones de sangre.
Mosto final.
Hollejo y
cabos
abonan ya
terrenos
futuros de
vino.
Barrica
aguarda.
Sed de
líquido rojo,
miedo al vacío.
Vino reposa.
Hasta la
espita abierta
ser en criogenia.
Campo de
octubre.
Esqueletos
de vides
lloran
ausencias.
18 de junio de 2017
Don Simón y Jarrafunkel
Las bodegas riojanas
García Carrión nutren de caldo de garrafón en tetrabrik las mesas menos
exigentes. Art Garfunkel, empuñando el cartón de Don Simón, lo que hace
icónicamente es exprimir el talento de su compañero hasta hacer de su esencia
un vino de consumo diario enlatado. Garfunkel se empeñó en empuñar su brik de
Don Simón, pero Paul logró zafarse, un poco beodo, de su partenaire y huir musicalmente hacia viñedos exóticos como los
africanos (Graceland) o brasileños (The rhythm of the saints), donde a su
compañero no se le ocurriera poner los pies, ni empinar el codo (sus
reencuentros posteriores no fueron más que regurgitaciones alcohólicas de baja
intensidad y apremio pecuniario).
La verdadera historia,
alejada de collages humorísticos, es
conocida: Paul Simon formó junto a Art Garfunkel en los años 60 un
dúo simpar en la historia de la música anglosajona. Con la referencia de
los Everly Brothers y del naciente folk sesentero de Dylan & Company, en
pocos años dieron a luz seis álbumes que forjaron la leyenda de
un pop-rock de calidad con éxitos multitudinarios: “Sounds of silence”,
“Mrs. Robinson”, “The boxer” o “Bridge over troubled water”. Si al principio
no parecían encarnar nada diferente a un "grupo" más en la escena del
folk neoyorkino, la calidad compositiva de Simon, el acierto del productor Tom
Wilson para darle aire cool a
“Sounds of silence” y el giro intelectual y amante del puro standard de Garfunkel, convirtieron al
dúo en todo un referente musical.
El papel de cada uno
estaba claro: Paul Simon era el compositor y alma del dúo, mientras que
Garfunkel ponía una imagen sofisticada, se limitaba a hacer coros, ejercer de
solista en escasos temas (los más puramente standard)
y poner los ojos -orgásmicos- en blanco cuando actuaba en directo. La amistad,
fraguada en la high school, donde ya
habían formado el dúo Tom & Jerry, terminó allá por el año 70 con las desavenencias
surgidas durante la grabación de Bridge
over troubled water.
La imagen de cabecera de esta entrada nos ha servido a los autores de esta bitácora para inaugurarla, darle caña merecida a este tipo de envases para el vino –aunque sea de ínfima calidad- y hacer un somero repaso al dúo más famoso de la música popular.
La imagen de cabecera de esta entrada nos ha servido a los autores de esta bitácora para inaugurarla, darle caña merecida a este tipo de envases para el vino –aunque sea de ínfima calidad- y hacer un somero repaso al dúo más famoso de la música popular.
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